Liberalidad y Progreso

En los primeros años de vida, en el primer nivel de progreso, los niños normalmente pasan por un estado de libertad sexual recibida, que, por ejemplo, al pasearse sin pudor desnudos por la calle si se les da la oportunidad, se parece mucho a la liberalidad sexual lograda de los adultos que se pasean desnudos por una playa pública, en un tercer nivel de progreso.

La liberalidad sexual y económica son unos de los principales distintivos del progreso, porque son causas y a la vez efectos del progreso.

La gente tiende a ser más cautelosa y menos atrevida cuando se siente menos segura, como resultado normalmente de situaciones de malestar que le producen esa sensación de inseguridad psicológica; y ese menor atrevimiento en sus maneras de proceder desemboca normalmente en menores oportunidades de lograr cosas, de progresar, puesto que el progreso depende en gran medida de la cantidad y el tamaño de los riesgos que se corren en los intentos de conseguirlo. Y ese menor progreso, a su vez, en el mejor de los casos produce un menor aumento de bienestar y seguridad, o un estancamiento en ello, o, en el peor de los casos, un aumento de malestar y de inseguridad, que a su vez habilitan menos a las personas para conseguir mayores logros. Y así, en muchos casos, continúa este círculo vicioso, de malestar → inseguridad → menor atrevimiento → menores oportunidades de logro → menor progreso → más malestar → etcétera, perpetuamente o hasta que ese círculo se rompe… mediante el hacer lo contrario de lo que normalmente se espera en esos casos que se haga. Lo normalmente esperable es que alguien que se siente inseguro y está ante la opción de limitarse a poner un negocio que ya conoce bien pero que sabe que es escasamente lucrativo y la opción de arriesgarse a poner un negocio que no conoce bien y del que se dice que puede ser o no ser más lucrativo, elija la primera opción, porque tomando en cuenta su estado actual sería tal vez lo que le afectaría menos si fracasara. Sin embargo, esa es una actitud pesimista que es la base de la perpetuación del círculo vicioso en que se encuentra.

Puesto que un requisito indispensable para el progreso consistente en este caso en liberarse de ese círculo vicioso, como de cualquier otra continuación de ciclos adversos, es el optimismo que permite tomar una decisión tan aparentemente absurda como esa, esa actitud puede tomarse como guía para probar a hacer un progreso notable trocando en círculo virtuoso dicha situación adversa. Aunque ese intento no conducirá necesariamente al éxito en cualquier caso, es solamente mediante intentos como estos como puede conseguirse ese notable salto hacia adelante.

El progreso, por su parte, produce en las personas bienestar y seguridad en diversos aspectos, que a su vez normalmente dan lugar a una sensación de seguridad y a una mayor disposición a correr riesgos que en la práctica con frecuencia resulta en mayores progresos, que a su vez incrementan más dichos bienestar, seguridad, atrevimiento y progreso, y así sucesiva y crecientemente, a menos que ese círculo virtuoso se detenga, por conformismo o por alguna influencia externa por ejemplo.

Progreso → Bienestar → Seguridad → Atrevimiento → Progreso → Bienestar → etc.

Muchas personas adoptan una actitud relativamente liberal en algunos aspectos, por ejemplo el económico, y a la vez otra actitud eminentemente conservadora en otros aspectos, como, por ejemplo, el sexual, o a la inversa. Sin embargo, una actitud en un sentido en un aspecto tiende a influir en la actitud en el mismo sentido en otros aspectos, dentro de una misma persona o colectividad, es decir, las personas, por ejemplo, que son sexualmente más liberales tienden a serlo también en el lado económico, y viceversa. Y el tener una actitud conservadora en un aspecto y una liberal en otro aspecto de la vida, tiende a contrarrestar los efectos de una y otra actitud. En otras palabras, una actitud conservadora en un aspecto de la vida tiende a funcionar como un lastre en la eficacia de la liberalidad de otros aspectos.

Una sistemática adopción de actitudes más liberales en todos los aspectos de la vida, tiende a producir un resultado en el que la eficacia hacia el progreso de cada uno de los aspectos se ve propiciada y facilitada por todos los demás aspectos. Cuando, por ejemplo, una persona no ve inconveniente y se siente cómoda e incluso disfruta en acciones relativamente liberales en lo sexual, como usar un traje de baño atrevido en una playa pública o probar experiencias sexuales que le son nuevas, más probablemente tampoco encontrará ningún inconveniente y va a sentir incluso agrado en la asunción de riesgos en lo económico, como invertir en algo en lo que no ha invertido nunca.

Para ser capaz de la adopción de una actitud más propicia al progreso, esto es, de una actitud más liberal, es preciso tomar conciencia de que los puntos de vista conservadores que suelen rechazar la liberalidad como inmoral o degeneración, no son más que deformaciones del juicio originadas por el malestar en que esas personas se encuentran. Esta correspondencia entre sensación de bienestar y juicio atrevido o liberal y entre sensación de malestar y juicio cobarde o conservador, se hace muy notoria en las personas que padecen episodios bipolares, en los que se alternan la depresión acompañada de pronunciada inapetencia en lo sexual y la euforia (o sensación de extremo bienestar) acompañada de inusitada liberalidad o atrevimiento sexual.

Es preciso tener presente que para conseguir un mayor progreso es necesario ser más atrevido, a veces pese a no sentir para ello bastante seguridad, y que una vez alcanzado ese mayor progreso habrá una sensación de seguridad que contribuirá a sentirse en más disposición a asumir mayores riesgos y alcanzar mayores logros, y así sucesivamente. Pero el no haber alcanzado todavía una cierta sensación de bienestar, no es nunca necesariamente un impedimento para atreverse a asumir los riesgos que al progreso son precisos.

Si hubiera que alcanzarse primeramente un cierto grado de bienestar y seguridad para poder progresar, la vida nunca habría evolucionado: si así se hubiera originado se habría extinguido inmediatamente después como consecuencia de esa falta de recursos para continuar con su progreso.

Lo que las personas hacen es en gran medida un resultado de lo que piensan, y lo que piensan es en gran manera un producto de cómo se sienten, y el cómo se sienten es a su vez en gran parte un derivado de lo que hacen.

Si analizamos las características del progreso de la Humanidad y de otras colectividades y los individuos, encontramos, como antes ya mencioné, una serie de constantes: una de ellas es el progresivo aumento de la liberalidad. Conforme el mundo ha venido progresando se ha venido al mismo tiempo convirtiendo en más liberal, y —porque esto constituye un círculo virtuoso— viceversa: conforme el mundo ha venido ganando en liberalidad ha venido progresando más, en todos los aspectos. Y esto es muy evidente en los aspectos económico y sexual.

Mucha gente no acierta a entender cuál es la conexión causal entre progreso y liberalidad, y es en parte por ello que una gran proporción de ella la mira con desprecio o desconfianza, o la acoge demasiado precavidamente, o la abraza con inhibición.

Todo lo que existe es a la vez una cosa en alguna medida y lo contrario de esa cosa en alguna medida; es decir, en cada ser vivo y cosa en que existe un contrario existe el otro contrario a la vez; y lo que hace, por ejemplo, a una persona distinguible como justa, o veraz, o liberal o en cualquier otro sentido, es solamente la predominancia en ella de estas cualidades.

Nada en el Universo es una cosa u otra perfectamente, es decir, de una manera perfectamente pura, perfectamente excluyente de lo que es contrario de ella. La pureza perfecta (en síntesis: cualquier forma de perfección) no existe en la realidad; sólo en cierto modo en la ficción, y ese es un modo muy imperfecto también, porque tan pronto como pedimos a uno de los defensores de la creencia de la existencia de lo perfecto que explique en detalle cómo sería esa perfección, esa persona se encuentra en insalvables reducciones al absurdo o con multitud de otros defectos graves de razonamiento. Este es un tema del que podríamos hablar en extenso y en detalle y llegar en cualquier caso, sin excepción ninguna, a confirmar esa imperfección; pero por ahora sólo voy a aludir a cuatro frases en una famosa canción de John Lennon, Imagine, que dicen “Imagina que no hay países. No es difícil de hacer”, “Imagina que no hay posesiones. Me pregunto si puedes”. Realmente es posible imaginarlo e incluso sin dificultad, si no se hace rigurosamente a fondo y con detalle, es decir, de tal modo que lo imaginado fuera totalmente funcional en la realidad. Pero cuando esas y muchas otras ideas vagamente implicativas de perfección son imaginadas con suficiente rigurosidad de detalles y profundidad, el resultado es muy otro. De hecho, toda perfección que se imagina relacionada con la realidad es siempre más o menos vaga, hasta en la más perfectamente (implicativa de algún grado de perfección) rigurosa, profunda y detallada imaginación.

Más adelante (cuando haya publicado muchos otros resultados de mis investigaciones sobre el atraso y el progreso) publicaré con suficiente grado de rigor, detalle y profundidad cómo sería el mundo si no existieran países ni posesiones, y cómo sería en otros casos que muchos suponen factibles o por el contrario irrealizables, con la conclusión de que, por ejemplo, el mundo no podría existir en la realidad sin países ni posesiones y que en la fantasía sólo podría existir de manera incompleta y vaga, a menos que conceptos como país y posesión cambiaran tanto en el futuro que fueran algo esencialmente distinto de lo que en el presente son.

Es innegable, sin embargo, la belleza de dicha canción cuando nos gusta la fantasía. Pero, ya que estamos hablando de uno de los exmiembros de los Beatles, es justo mencionar también que es incomparablemente más realista, y por lo tanto también más bella, la pretensión y el activismo de Paul McCartney en la defensa de los derechos de los animales, porque, con base en el rumbo que el progreso ha tomado a través de la historia de la Humanidad, es muy realistamente previsible que aunque nunca habrá un mundo en el que el respeto de los derechos de los animales sea perfecto, este respeto sí continuará creciendo hasta alcanzar grados tan elevados e incluso mayores que los que hasta ahora ha alcanzado el respeto entre los mismos seres humanos.

Toda persona conservadora es al mismo tiempo en parte liberal, aunque en menor medida en que es conservadora. Y lo inverso también es cierto.

Cada vez que una persona conservadora, al igual que cualquier liberal, asume un riesgo en el intento de lograr algo, está siendo liberal. Y la libertad que implica la asunción de riesgos es imprescindible para cualquier logro, tanto más cuanto mayor es el logro. La libertad es por esto una base de todo progreso. Y el nivel de progreso que se alcanza es directamente proporcional al grado de libertad con que se actúa.

Sin embargo, hay que tener presente que del mismo modo en que no todo individuo tiene progenie, pero sí ha tenido progenitor, no necesariamente un alto grado de libertad conduce a un alto nivel de progreso, pero todo nivel alto de progreso presupone un alto grado de libertad, de la misma forma en que toda progenie presupone progenitor. La libertad no siempre procrea progreso, pero el progreso siempre es hijo de la libertad. Puede haber libertad sin progreso, pero no puede haber progreso sin libertad.

La diferencia y correspondencia entre los grados de conservadurismo y liberalidad por un lado, y, respectivamente, por otro lado los grados de atraso y progreso en todos los aspectos, incluso el moral, son patentes no sólo a través de la historia de la Humanidad, sino también entre los países más atrasados y más avanzados dentro de cualquier tiempo dado en la historia, como, por ejemplo, de la actualidad.

A propósito del aspecto moral del progreso, es oportuno señalar que este es tal vez el aspecto importante que los países y las personas más atrasadas critican con más frecuencia e insistencia adjetivándolo como atraso que a la vez tildan de ser una consecuencia del en otros aspectos progreso de las personas y países más avanzados.

Esa es una de las muchas opiniones que en el atraso son contrarias a las perspectivas que normalmente se tienen en el progreso, y es muy probablemente esa la contrariedad de puntos de vista que en cierto modo más contribuye al mal entendimiento y la división entre cualesquiera partes, individuales o colectivas, con marcada diferencia en grados de atraso y progreso. Es la “degeneración” y “corrupción” moral en las costumbres de los más avanzados que los más atrasados tanto critican, hasta alcanzar en no pocos casos grados altos de fanatismo, y de odio y violencia por rechazo de ella y, en un círculo vicioso, también como una reacción a esa agresividad.

Antes de pasar a analizar, no por ahora con tanto detalle como es posible, en qué consisten en concreto esas diferencias entre unos y otros y por qué surgen, es oportuno aclarar que no es una cuestión de relatividad de puntos de vista en el sentido de que ambas partes tienen la razón, sino que, como se podrá vislumbrar luego de este análisis, sólo las partes que han alcanzado los niveles más altos de progreso son las que al respecto tienen razón, y las otras viven seriamente equivocadas y de ello es precisamente causa, y a la vez efecto, el atraso en que se encuentran, en un círculo vicioso que, sin embargo, siempre es posible romper y convertir en el círculo virtuoso en que se encuentran las partes de mayor progreso. Esto es así porque la razón es inherente al auténtico progreso.

Por supuesto, no trato con ello de significar que cualquier grado mayor de progreso de una parte en algún aspecto implica necesariamente que todo lo demás que hace o piensa esa parte implica un grado mayor de progreso también. De hecho, la ordinaria conciencia de que el progreso en algunos aspectos y el atraso en otros aspectos suelen coexistir dentro de cualquier persona y dentro de cualquier colectividad, es lo que permite ese generalizado prejuicio de que en los países económicamente más avanzados hay a la vez, como una consecuencia de ese avance, un retroceso en ciertos aspectos morales.

Hace años, en un programa de televisión de México, por ejemplo, vi algo que refleja claramente una importante diferencia que es típica entre las maneras de ver un aspecto moral por parte de gente de un país muy atrasado y otro muy adelantado. Era un grupo de personas debatiendo el tema del divorcio, la mayoría de las cuales era de México y sólo una de ellas de Estados Unidos. Las opiniones de los mexicanos giraban en torno a la idea de que en cualquier caso hay que tratar al máximo de evitar llegar al divorcio, mientras que la opinión de la estadounidense consistía esencialmente en que cuando en el matrimonio hay serios problemas que no logran remediarse hay que considerar el divorcio como una alternativa preferible. Esta opinión encontró muy encendida oposición entre los mexicanos allí presentes y que opinaron por teléfono desde sus casas, pretendiendo hacer ver a la estadounidense como una persona de actitud al respecto frívola, como engendro de la moral degenerada que en los países subdesarrollados, o emergentes, suele achacarse a los países desarrollados. En seguida, la muy enfática y acalorada reacción de un abogado, relativamente destacado dentro de México, pareció ser concluyente contra el punto de vista de la estadounidense, al decir que el divorcio era inadmisible sencillamente porque la familia constituye la célula básica de la sociedad, como literalmente a todos se nos ha enseñado en la escuela primaria en México.

Opiniones como esta al respecto son tan comunes en países como México, que no recuerdo haber escuchado de ningún mexicano nunca una opinión en lo esencial diferente en cuanto a la perspectiva de la participante de Estados Unidos, sino solamente la sencilla crítica de que la de ese país es una sociedad comparativamente en lo social y lo moral perdida, en parte por cuestiones como la más alta proporción de divorcios que allá supuestamente se registran. Este es uno de los ejemplos que con más frecuencia en este país y en muchos otros de progreso similar se citan al señalar ese pretenso retroceso social y moral en países desarrollados.

Estoy plenamente de acuerdo con la idea de la muy alta importancia de la familia en la sociedad, y muy obviamente (como se verá a continuación) la valoro mucho más que la gran mayoría de las personas no sólo de México, sino de cualquier otra parte del mundo, incluso de los países más desarrollados. Y sin ninguna duda valoro también mucho más que la gran mayoría de los seres humanos la necesidad del esfuerzo y esmero máximos en la conservación de un matrimonio y en evitar cualquier divorcio. Pero no a cualquier precio.

Lo que casi todos esos mexicanos que aluden a esa mayor proporción de divorcios achacada a los países como los Estados Unidos no parecen ver, es que al mismo tiempo en los países como México, en que presumiblemente la incidencia de divorcios es mucho menor, la proporción de fracasos matrimoniales es mucho mayor, y aunque esto no sería fácil de cuantificar si se hicieran encuestas de opinión para saber cuán feliz o infeliz es la gente casada en unos países y en otros, es relativamente fácil de notar con claridad en el estado en que las relaciones se encuentran en unos países y en otros. Las encuestas de opinión no tienen mucha relevancia en estos casos, porque una mujer, por ejemplo, puede ser feliz o creer serlo incluso cuando su esposo a diario o de vez en cuando la golpea y/o golpea a sus hijos. Y por más feliz que diga ser o realmente se crea o se sienta, eso obviamente no constituye un progreso social ni moral verdadero. En países como este hay lamentablemente una proporción tan alta de rotundos fracasos matrimoniales, que sólo puede explicarse por la ciega renuencia, en muchos casos basada en inflexibles creencias de índole religiosa, a introducir sustanciales cambios en la vida con el fin de superar situaciones en muchos casos de extremada humillación y en otros no pocos casos de violencia física y psicológica cotidianas y extremas, intramarital e intrafamiliarmente.

Sé muy bien que alguno que otro que pueda estar leyendo esto desde un país como México podrá sentirse de inmediato impelido a objetar que en países como los Estados Unidos ha habido muy sonados casos de seria violencia intramarital, intrafamiliar y de otros ámbitos sociales; pero hay que tomar en cuenta que cuanto más desarrollado está un país más sensible es su gente (por eso precisamente esos países han alcanzado ese mayor grado de progreso), y cuanto más sensible es la gente, más intenso es el rechazo que contra esos casos siente y mayor es su protesta contra ello, aunado con el hecho de que estos países normalmente disponen de mayor capacidad tecnológica de difusión de la información. Esto es causa de que cada vez que un hecho de violencia ocurre en un país como Estados Unidos la noticia da la vuelta al mundo, principalmente por la extrema reacción contra ello por parte de los mismos ciudadanos de esos países, mientras que en países como México suceden muchas cosas como esas y otras muchas peores sin que casi nadie se queje por ello y sin que por lo tanto llegue a saberse más allá que por algunas pocas personas. Mientras que aquí mucha gente muere o desaparece para siempre sin que ni sus más allegados lo sepan, en países como Estados Unidos se hace un escándalo internacional casi cada vez que algo como eso ocurre, e incluso cuando suceden cosas como algún abuso contra un animal y el castigo ejemplar que se impone al agresor o victimario.

En cuanto al matrimonio, aunque por supuesto es preferible casarse una sola vez y llevar una unión sanamente feliz en lugar del divorcio, al mismo tiempo es preferible, por mucho, casarse y divorciarse si es necesario diez veces en la vida a vivir toda la vida en un infierno de violencia intrafamiliar.

El atraso social y moral en los países subdesarrollados o emergentes es muy notorio en el acusado menor respeto de los derechos de las mujeres y en la menor libertad de que de hecho sufren y gozan respectivamente, y ello incide muy desfavorablemente en el estado de progreso social y moral de cualquier matrimonio en que cualquiera de los miembros padece ese serio atraso. Y al aludir a los hombres no me refiero a un atraso consistente en la falta de respeto de sus propios derechos ni a su falta de libertad con respecto a las mujeres, sino a su en estos países normal machismo que influye de manera determinante en dichas limitaciones en las mujeres, y por consiguiente en el fracaso matrimonial, además de otras influencias más directas.

Si una persona se casa y se divorcia diez veces en la vida, es muy probable (pero no seguro) que haya procedido con menos cuidado que las personas que se divorcian dos o tres veces, y, sin embargo, incluso en un caso como ese esa vida, incluso cuando no alcanza una felicidad sana, implica una mayor inteligencia que otra en la que en el matrimonio tampoco se alcanza tal felicidad y no se ha realizado ningún divorcio, porque la primera persona al menos se ha dado la oportunidad de probar nuevas opciones y ello en alguna medida le ha dado probabilidades de encontrar una vida mejor, tal vez no por haber aprendido algo de sus reveses, sino por mero azar que lo favorezca, mientras que la segunda muy probablemente no tendrá nunca de ese manera ninguna oportunidad de encontrar, ni siquiera por mera suerte, una vida mejor.

En todos los casos en que se tiene una capacidad muy limitada para aprender de los fracasos o, por cualquier causa o circunstancia, no se sabe cuál camino elegir, es siempre más inteligente probar otros caminos al azar que seguir por el mismo camino, porque el continuar por la misma ruta con base en que otra puede ser aún peor, o sólo porque puede no ser mejor, implica un pesimismo o falta de optimismo que no es recomendable nunca, por ser contrario a la actitud que es probadamente típica de la gente que consigue los progresos más salientes.

En muchos de los países más desarrollados los divorcios son más frecuentes que en otros menos desarrollados no porque la gente sea allí más imprudente al decidir casarse, sino porque está más dispuesta al cambio cuando las cosas salen demasiado mal. Y aquí es preciso tomar en cuenta que, debido al mayor progreso y sensibilidad en esos países, donde la mayoría de la gente es más exigente en los detalles (de otro modo no habrían progresado más que los demás) el concepto allí usual de “demasiado mal” suele ser mucho más riguroso que el de la gente de los países relativamente menos avanzados; y no debido a una obstinada intolerancia, sino por lo general a la mayor ambición de sanos bienestar y felicidad, esto es, a la inconformidad conducente al progreso en todos los aspectos que de la gente de esos países es típica, y que es precisamente causa de ese progreso.

La renuencia al cambio cuando es necesario, es una de las cualidades más distintivas del atraso, así como a efectos de ascender en el progreso es esencial una actitud abierta al cambio y a la experimentación. No todo cambio conduce al progreso, pero todo progreso procede de cambios. Existen cambios sin progreso resultante, pero no existe progreso sin cambios previos.

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